Cien años después del comienzo de la primera guerra mundial, poca gente recuerda uno de los primeros grandes conflictos paneuropeos: la guerra de Crimea. En el extermo oriental de Ucrania se dirimió, a mediados del siglo XIX, una guerra por el control geoestratégico de la salida al Mediterráneo entre las potencias centrales apoyadas por el Reino Unido y la gran madre Rusia.
Más rencientemente, hemos podido ver cómo los disturbios de Ucrania han dejado la plaza mayor de Kiev y se han trasladado de nuevo a la península de Crimea recordándonos de repente que Sebastopol es algo más que una ciudad ignota citada por Ibáñez en alguna de sus historietas.
A día de hoy Rusia toma posiciones militares en torno a la zona con aparente inocencia pero no engaña a nadie. No son los húsares quienes avanzan sino modernos carros de combate recordándonos que a pesar de las tecnologías y los drones el poder militar sigue siendo territorial.
Cualquier resto de romanticismo desapareció hace más de siglo medio bajo la sangre derramada durante las batallas de la guerra de Crimea.
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