El cine mató a la estrella del teatro
La españa de los cincuenta, país de cordel suelto, alpargata y sempiterna radio crepitante sobre un anaquel decorado con puntilla, se vió sobresaltada por la llegada del cine.
De repente en el paisaje español surgió una nueva especie viajante: el buhonero cinematográfico, un ser desconocido que acercaba las estrellas del celuloide a lo más profundo de un país hambriento y mendigo de culturas.
Con una cámara al hombro estos individuos recorrían los pueblos del interior y montaban un pequeño circo de variedades alrededor de la imagen sombría y el sonido desfasado de las películas americanas. Llegaban a una localidad, se autopublicitaban y con la aquiescencia de las fuerzas vivas proyectaban películas que atraían cada vez más público.
La consecuencia de esta novedad fue la muerte paulatina de las compañías itinerantes. Adelantados por la innovación técnica, los montajes teatrales dejaron de ser la primera opción de ocio del populacho.
La muerte del teatro ambulante la cuenta como nadie Fernando Fernán Gómez en la obra, "El viaje a ninguna parte".